LA VALENTIA DE SENTIR
¿Y cuál es exactamente el problema de ser emocional? ¿En qué momento empezamos a considerar más admirable la distancia que la capacidad de sentir? ¿Cuándo el afecto se volvió algo que debía administrarse con cautela, como si expresar lo que uno siente fuese una forma de debilidad y no de valentía?
Yo no voy a medir mis palabras, mis gestos ni mi cariño para resultar más conveniente. Me niego a convertir la autenticidad en una negociación permanente. Voy a seguir siendo sincero. Voy a seguir expresando lo que siento con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar y nada que demostrar.
Y si eso provoca que alguien se aleje, entonces que se aleje. Porque no estoy dispuesto a renunciar a mi forma de querer para asegurar la permanencia de alguien que solo puede quedarse mientras me contengo. Prefiero reconocer esa incompatibilidad a tiempo y seguir mi camino con la tranquilidad de haber permanecido fiel a mí mismo.
La vida es demasiado breve para ser vivida desde la reserva constante, desde el cálculo o desde el temor a incomodar. Yo quiero compartirla desde la verdad, desde la presencia y desde la apertura. Quiero vínculos en los que sentir no sea un exceso, sino una virtud; donde el afecto no sea una concesión excepcional, sino una forma natural de estar en el mundo.
Porque al final, lo que da profundidad a una vida no es cuánto logramos protegernos, sino cuánto nos permitimos amar sin dejar de pertenecernos.