La Calma de mí, El Deseo de ti
Sé que soy suficiente.
Lo aprendí en el silencio, en esas tardes en las que no le debía nada a nadie, en la calma honesta de estar conmigo sin necesidad de huir.
He sabido habitarme con paciencia, recorrer mis luces y mis sombras y hacer de mi propia compañía un lugar amable. No necesito a nadie para sostener mi alegría, nace en mí, respira en lo simple, se expande en mis afectos y en los pequeños instantes que he aprendido a cuidar.
Y, sin embargo, no me cuento ese relato cómodo donde el amor propio se vuelve muralla. Me amo, sí, con verdad, sin máscaras ni artificios… y justamente por eso entiendo que el amor no termina en mí, que también anhela desbordarse, tocar, encontrarse.
Quiero a alguien que llegue sin invadirme, pero que se quede sin miedo. Alguien que no intente llenarme, sino acompañarme. Que me mire de verdad, no solo con los ojos, sino con presencia y en cuya mirada yo también pueda descansar. Un compañero con quien el tiempo no pese, con quien los días no necesiten ser extraordinarios para sentirse plenos, con quien incluso el cansancio tenga un lugar donde suavizarse.
No busco que me completen, porque no estoy roto. Busco a alguien entero, como yo intento serlo, con quien compartir la luz sin competir por ella, con quien atravesar las sombras sin perdernos. Alguien con quien hacer del camino algo más tibio, más vivo, más humano… más nuestro.
Porque hay una belleza serena en caminar solo, en escucharse, en sostenerse. Pero hay otra, más honda, más suave, casi invisible, en entrelazar la vida con alguien que también sabe sostener la suya… y que, aun así, decide quedarse.
Si este texto te habló, puedes quedarte un poco más.